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Redacción

Reformadora del Carmelo, Madre de las Carmelitas Descalzas y de los Carmelitas Descalzos; "mater spiritualium" (título debajo de su estatua en la basílica vaticana); patrona de los escritores católicos y Doctora de la Iglesia (1970): La primera mujer, que junto a Santa Catalina de Sena recibe este título.

Nació en Ávila, España, el 28 de marzo de 1515. Su nombre, Teresa de Cepeda y Ahumada, hija de Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila Ahumada. En su casa eran 12 hijos.  

De niños, ella y Rodrigo, su hermano, eran muy aficionados a leer vidas de santos, y se emocionaron al saber que los que ofrecen su vida por amor a Cristo reciben un gran premio en el cielo. Así que dispusieron irse a tierras de mahometanos a declararse amigos de Jesús y así ser martirizados para conseguir un buen puesto en el cielo. Afortunadamente, por el camino se encontraron con un tío suyo que los regresó a su hogar. Entonces dispusieronse construir una celda en el solar de la casa e irse a rezar allá de vez en cuando, sin que nadie los molestara ni los distrajese. 

La mamá de Teresa murió cuando la joven tenía apenas 14 años. Ella misma cuenta en su autobiografía: "Cuando empecé a caer en la cuenta de la pérdida tan grande que había tenido, comencé a entristecerme sobremanera. Entonces me arrodillé delante de una imagen de la Santísima Virgen y le rogué con muchas lágrimas que me aceptara como hija suya y que quisiera ser Ella mi madre en adelante. Y lo ha hecho maravillosamente bien". 

Sigue diciendo ella: "Por aquel tiempo me aficioné a leer novelas. Aquellas lecturas enfriaron mi fervor y me hicieron caer en otras faltas. Comencé a pintarme y a buscar a parecer y a ser coqueta. Ya no estaba contenta sino cuando tenía una novela entre mis manos. Pero esas lecturas me dejaban tristeza y desilusión". 

Afortunadamente el papá se dio cuenta del cambio de su hija y la llevó a los 15 años, a estudiar interna en el colegio de hermanas Agustinas de Ávila. Allí, después de año y medio de estudios enfermó y tuvo que volver a casa. Providencialmente una persona piadosa puso en sus manos "Las Cartas de San Jerónimo", y allí supo por boca de tan grande santo, cuán peligrosa es la vida del mundo y cuán provechoso es para la santidad el retirarse a la vida religiosa en un convento. Desde entonces se propuso que un día sería religiosa. 

Comunicó a su padre el deseo que tenía de entrar en un convento. Él, que la quería muchísimo, le respondió: "Lo harás, pero cuando yo ya me haya muerto". La joven sabía que el esperar mucho tiempo y quedarse en el mundo podría hacerla desistir de su propósito de hacerse religiosa. Y entonces se fugó de la casa. Dice en sus recuerdos: "Aquel día, al abandonar mi hogar sentía tan terrible angustia, que llegué a pensar que la agonía y la muerte no podían ser peores de lo que experimentaba yo en aquel momento. El amor de Dios no era suficientemente grande en mí para ahogar el amor que profesaba a mi padre y a mis amigos". 

La santa determinó quedarse de monja en el convento de Ávila. Su padre al verla tan resuelta a seguir su vocación, cesó de oponerse. Ella tenía 20 años. Un año más tarde hizo sus tres juramentos o votos de castidad, pobreza y obediencia y entró a pertenecer a la Comunidad de hermanas Carmelitas. 

Poco después de empezar a pertenecer a la comunidad carmelitana, se agravó de un mal que la molestaba. Quizá una fiebre palúdica. Los médicos no lograban atajar el mal y éste se agravaba. Su padre la llevó a su casa y fue quedando casi paralizada. Pero esta enfermedad le consiguió un gran bien, y fue que tuvo oportunidad de leer un librito que iba a cambiar su vida. Se llamaba "El alfabeto espiritual", por Osuna, y siguiendo las instrucciones de aquel librito empezó a practicar la oración mental y a meditar. Estas enseñanzas le van a ser de inmensa utilidad durante toda su vida. 

A los tres años de estar enferma encomendó a San José que le consiguiera la gracia de la curación, y de la manera más inesperada recobró la salud. En adelante toda su vida será una gran propagadora de la devoción a San José, Y todos los conventos que fundará los consagrará a este gran santo. 

Teresa tenía un gran encanto personal, una simpatía impresionante, una alegría contagiosa, y una especie de instinto innato de agradecimiento que la llevaba a corresponder a todas las amabilidades. Con esto se ganaba la estima de todos los que la rodeaban. En aquellos tiempos había en los conventos de España la dañosa costumbre de que las religiosas gastaban mucho tiempo en la sala recibiendo visitas y charlando en la sala con las muchas personas que iban a gozar de su conversación. Y esto le quitaba el fervor en la oración y no las dejaba concentrarse en la meditación y se llegó a convencer de que ella no podía dedicarse a tener verdadera oración con Dios porque era muy disipada. Y que debía dejar de orar tanto. 

Un día al detenerse ante un crucifijo muy sangrante le preguntó: "Señor, ¿quién te puso así?", y le pareció que una voz le decía: "Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa". Ella se echó a llorar y quedó terriblemente impresionada. Pero desde ese día ya no vuelve a perder tiempo en charlas inútiles y en amistades que no llevan a la santidad. Y Dios en cambio le concederá enormes progresos en la oración y unas amistades formidables que le ayudarán a llegar a la santidad. 

Teresa tuvo dos ayudas formidables para crecer en santidad: su gran inclinación a escuchar sermones, aunque fueran largos y cansones y su devoción por grandes personajes celestiales. Además de su inmensa devoción por la Santísima Virgen y su fe total en el poder de intercesión de san José, ella rezaba frecuentemente a dos grandes convertidos: San Agustín y María Magdalena. 

Un padre jesuita le recomendó que para orar con más amor y fervor eligiera como "maestro de oración" al Espíritu Santo y que rezara cada día el Himno "Ven Creador Espíritu". Ella dirá después: "El Espíritu Santo como fuerte huracán hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas". 

Y el Divino Espíritu empezó a concederle Visiones Celestiales. Al principio se asustó porque había oído hablar de varias mujeres a las cuales el demonio engañó con visiones imaginarias. Pero hizo confesión general de toda su vida con un santo sacerdotes y le consultó el caso de sus visiones, y este le dijo que se trataba de gracias de Dios. Nuestro Señor le aconsejó en una de sus visiones: "No te dediques tanto a hablar con gente de este mundo. Dedícate más bien a comunicarte con el mundo sobrenatural". 

En algunos de sus éxtasis se elevaba hasta un metro por los aires (Éxtasis es un estado de contemplación y meditación tan profundo que se suspenden los sentidos y se tienen visiones sobrenaturales). Cada visión le dejaba un intenso deseo de ir al cielo. "Desde entonces – dice ella – dejé de tener medio a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho". Después de una de aquellas visiones escribió la bella poesía que dice: "Tan alta vida espero que muero porque no muero". 

Teresa quería que los favores que Dios le concedía permanecieran en secreto, pero varias personas de las que la rodeaban empezaron a contar todo esto a la gente y las noticias corrían por la ciudad. Unos la creían loca y otros la acusaban de hipócrita, de orgullo y presunción. San Pedro Alcántara, uno de los santos más famosos de ese tiempo, después de charlar con la famosa carmelita, declaró que el Espíritu de Dios guiaba a Teresa. 

La transverberación. Esta palabra significa: atravesarlo a uno con una gran herida. Dice ella: "Vi un ángel que venía del tronco de Dios, con una espada de oro que ardía al rojo vivo como una brasa encendida, y clavó esa espada en mi corazón. Desde ese momento sentí en mi alma el más grande amor a Dios". Desde entonces para Teresa ya no hay sino un solo motivo para vivir: demostrar a Dios con obras, palabras, sufrimientos y pensamientos que lo ama con todo su corazón. Y obtener que otros lo amen también. Al hacer la autopsia del cadáver de la santa encontraron en su corazón una cicatriz larga y profunda. Para corresponder a esta gracia la santa hizo el voto o juramento de hacer siempre lo que más perfecto le pareciera y lo que creyera que le era más agradable a Dios. Y lo cumplió a la perfección. Un juramento de estos no lo pueden hacer sino personas extraordinariamente santas. 

En aquella época del 1500 las comunidades religiosas habían decaído de su antiguo fervor. Las comunidades eran demasiado numerosas lo cual ayudaba mucho a la relajación. Por ejemplo el convento de las carmelitas de Ávila tenía 140 religiosas. Un día una sobrina de la santa le dijo: "Lo mejor sería fundar una comunidad en que cada casa tuviera pocas hermanas". Santa Teresa consideró esta idea como venida del cielo y se propuso fundar un nuevo convento, con pocas hermanas pero bien fervorosas. Ella llevaba ya 25 años en el convento. 

Una viuda rica le ofreció una pequeña casa para ello. San Pedro de Alcántara, San Luis Beltrán y el obispo de la ciudad apoyaron la idea. El Provincial de los Carmelitas concedió el permiso. Sin embargo la noticia produjo el más terrible descontento general y el superior tuvo que retirar el permiso concedido. Pero Teresa no era mujer débil como para dejarse derrotar fácilmente. Se consiguió amigos en el palacio del emperador y obtuvo una entrevista con Felipe II y este quedó encantado de la personalidad de la santa y de las ideas tan luminosas que ella tenía y ordenó que no la persiguieran más. 

Y así fue llenando España de sus nuevos conventos de "Carmelitas Descalzas", poquitas y muy pobres en cada casa, pero fervorosas y dedicadas a conseguir la santidad propia y la de los demás. Se ganó para su causa a San Juan de la Cruz, y con él fundó los Carmelitas descalzos. Las carmelitas descalzas son ahora 14,000 en 835 conventos en el mundo. Y los carmelitas descalzos son 3,800 en 490 conventos. 

Por orden expresa de sus superiores Santa Teresa escribió unas obras que se han hecho famosas. Su autobiografía titulada "El libro de la vida"; "El libro de las Moradas" o Castillo interior; texto importantísimo para poder llegar a la vida mística. Y "Las fundaciones: o historia de cómo fue creciendo su comunidad. 

Sus escritos son considerados como textos clásicos en la literatura española y se han vuelto famosos en todo el mundo. Santa Teresa murió el 4 de octubre de 1582 y la enterraron al día siguiente, el 15 de octubre. ¿Por qué esto? Porque en ese día empezó a regir el cambio del calendario, cuando el Papa añadió 10 días al almanaque para corregir un error de cálculo en el mismo que llevaba arrastrándose ya por años.





Redacción

Nació en Fuenllana (España), un pequeño pueblo de la provincia de Ciudad Real, el año 1486. 

La educación recibida de sus padres y su paso como alumno por el convento franciscano de Villanueva de los Infantes, marcaron en su alma una particular sensibilidad por los pobres. 

Más tarde, recibiría el título de “Limosnero de Dios” y “Arzobispo de los pobres”. 

Los años en contacto con la Universidad de Alcalá, donde obtuvo el título de Maestro en artes, dejaron en Tomás una profunda huella humanística. De Alcalá pasó a Salamanca y aquí ingresó en el Convento de San Agustín, lugar de su profesión religiosa, que se celebró el 25 de noviembre de 1517. 

Después de la ordenación sacerdotal – en 1518 -, los superiores le encomendaron distintas tareas de gobierno y los cargos se sucedieron uno tras otro como Prior, Provincial, Visitador… Su mayor empeño era la vida de las comunidades y la observancia responsable de las normas. 

También promovió el envío de misioneros agustinos al Nuevo Mundo. Confesor y predicador de Carlos V, al quedar vacante la sede de Valencia fue propuesto – contra su voluntad- arzobispo de aquella diócesis mediterránea en 1544. Al conocer la noticia el entonces General de la Orden, Jerónimo Seripando, felicitaba a fray Tomás y a la diócesis valentina “que tendrá un pastor como lo describe san Pablo”. 

Fray Tomás encontró una diócesis abandonada después de más de un siglo sin obispo residencial. Visitó una a una todas las parroquias, convocó un sínodo en 1548, adelantándose a Trento fundó en 1550 el Colegio-seminario de la Presentación para atender la formación de clero, asistió a los menesterosos e intentó la evangelización de los moriscos. 

El obispo agustino de Valencia vertía su formación universitaria en la predicación y en los escritos ascéticos y místicos. Sus fuentes preferidas eran la Biblia, los Padres de la Iglesia (con atención especial a San Agustín) y los autores espirituales de la época. 

Murió en 1555. Fue declarado beato en 1618 por Pablo V y proclamado santo por Alejandro VII el 1 de noviembre de 1688. Por su celo apostólico, su doctrina, su atención a los pobres y sus intuiciones pastorales, ha pasado a la historia como modelo de obispo. Sus restos mortales se conservan en la catedral de Valencia.




Redacción

Juan Leonardi nació en Diécimo (Italia) en 1541. 

Estando en Lucca, estudiando el arte de la “especiería” (farmacia), formó parte de un grupo de jóvenes cristianos cuya misión principal era asegurarse una intensa vida cristiana a través de la oración, los sacramentos y la formación, como también asistiendo a los pobres y peregrinos. Este grupo se constituyó en congregación laical, conocida como los "Colombinos". 

Es justamente en este periodo que en más de una oportunidad piensa en la opción de consagrarse totalmente a Dios. A sus 26 años ya ejercía su profesión de farmacéutico. Sin embargo, seguía sintiendo la llamada al sacerdocio. Es en este período, entonces, que asiente a la llamada de Dios y es su director espiritual quien lo orientó en los estudios eclesiásticos, dejando entonces la farmacia. 

Celebra su primera misa el 6 de enero de 1571. Con la ayuda de los "Colombinos", impartía clases de religión y catequesis, y ante lo fructuoso de tal servicio, el obispo le confió la catequesis en todas las Iglesias de Lucca. Ante la imposibilidad de atender personalmente las demandas de los párrocos, escribió un folleto con la síntesis de la doctrina cristiana y el modo de enseñarla. De ahí surgió la fundación de la Compañía de la Doctrina Cristiana, formada por laicos y aprobada por el Papa Clemente VIII en 1604. 

El 1° de septiembre de 1574, San Juan funda la Fraternidad de Sacerdotes Reformados de la Santísima Virgen, que tras su muerte adoptó el nombre de Orden de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios. En 1584, el Papa Gregorio XIII confirmaba la Orden que en 1581 había aprobado el obispo de Lucca. Dicha Orden daba especial importancia a la obediencia, al camino de la santificación personal, el acompañamiento espiritual, la asistencia sacramental de los fieles y la penitencia. 

En el año 1596, y bajo petición del Papa Clemente VIII, cumple el rol de “Reformador” y “Visitador Apostólico” de diversos monasterios y conventos. Anteriormente, había cumplido el rol de “Comisario Apostólico” en el Santuario de la Virgen del Arco, en las cercanías de Nápoles. 

En 1603, Juan Leonardi, en colaboración con el español Juan Bautista Vives y el jesuita Martín de Funes, funda un centro de estudios misionales, que con el tiempo sería el Colegio Urbano de Propaganda Fide. 

San Juan Leonardi muere en Roma el 09 de octubre de 1609, dejando dos casas de los clérigos de la Madre de Dios: una en Lucca y otra en Roma. Otras tres fueron abiertas en el siglo XVII. La regla definitiva de su comunidad no fue publicada hasta 1851. Es el Papa Benedicto XV quien lo declara “Venerable” y Pío IX lo inscribe en el catálogo de los “Beatos”. En la Pascua de Resurrección de 1938, el Papa Pío XI, lo proclama “Santo”. Recientemente, el 08 de agosto de 2006, el Papa Benedicto XVI lo ha nombrado “Patrono de los Farmacéuticos”.




Redacción

Bruno significa: "fuerte como una coraza o armadura metálica" (Brunne, en alemán es coraza). 

Este santo se hizo famoso por haber fundado la comunidad religiosa más austera y penitente, los monjes cartujos, que viven en perpetuo silencio y jamás comen carne ni toman bebidas alcohólicas. 

Nació en Colonia, Alemania, en el año 1030. Desde joven demostró poseer grandes cualidades intelectuales, y especialísimas aptitudes para dirigir espiritualmente a los demás. Ya a los 27 años era director espiritual de muchísimas personas importantes. Uno de sus dirigidos fue el futuro Papa Urbano II. Ordenado sacerdote fue profesor de teología durante 18 años en Reims, y Canciller del Sr. Arzobispo, pero al morir éste, un hombre indigno, llamado Manasés, se hizo elegir arzobispo de esa ciudad, y ante sus comportamientos tan inmorales, Bruno lo acusó ante una reunión de obispos, y el Sumo Pontífice destituyó a Manasés. 

Le ofrecieron el cargo de Arzobispo a nuestro santo, pero él no lo quiso aceptar, porque se creía indigno de tan alto cargo. El destituido en venganza, le hizo quitar a Bruno todos sus bienes y quemar varias de sus posesiones. 

Dicen que por aquel tiempo oyó Bruno una narración que le impresionó muchísimo. Le contaron que un hombre que tenía fama de ser buena persona (pero que en la vida privada no era nada santo) cuando le estaban celebrando su funeral, habló tres veces. La primera dijo: "He sido juzgado". La segunda: "He sido hallado culpable". La tercera: "He sido condenado". Y decían que las gentes se habían asustado muchísimo y habían huido de él y que el cadáver había sido arrojado al fondo de un río caudaloso. Estas narraciones y otros pensamientos muy profundos que bullían en su mente, llevaron a Bruno a alejarse de la vida mundana y dedicarse totalmente a la vida de oración y penitencia, en un sitio bien alejado de todos.

Teniendo todavía abundantes riquezas y gozando de la amistad de altos personajes y de una gran estimación entre la gente, y pudiendo, si aceptaba, ser nombrado Arzobispo de Reims, Bruno renunció a todo esto y se fue de monje al monasterio de San Roberto en Molesmes. Pero luego sintió que aunque allí se observaban reglamentos muy estrictos, sin embargo lo que él deseaba era un silencio total y un apartamiento completo del mundo. Por eso dispuso irse a un sitio mucho más alejado. Iba a hacer una nueva fundación.

San Hugo, obispo de Grenoble, vio en un sueño que siete estrellas lo conducían a él hacia un bosque apartado y que allá construían un faro que irradiaba luz hacia todas partes. Al día siguiente llegaron Bruno y seis compañeros a pedirle que les señalara un sitio muy apartado para ellos dedicarse a la oración y a la penitencia. San Hugo reconoció en ellos los que había visto en sueños y los llevó hacia el monte que le había sido indicado en la visión.

Aquel sitio se llamaba Cartuja, y los nuevos religiosos recibieron el nombre de Cartujos. San Bruno redactó para sus monjes un reglamento que es quizás el más severo que ha existido para una comunidad. Silencio perpetuo. Levantarse a media noche a rezar por más de una hora. A las 5:30 de la mañana ir otra vez a rezar a la capilla por otra hora, todo en coro. Lo mismo a mediodía y al atardecer. Nunca comer carne ni tomar licores. Recibir visitas solamente una vez por año. Dedicarse por varias horas al día al estudio o a labores manuales especialmente a copiar libros. Vivir totalmente incomunicados con el mundo. Es un reglamento propio para hombres que quieren hacer gran penitencia por los pecadores y llegar a un alto grado de santidad.

San Hugo llegó a admirar tanto la sabiduría y la santidad de San Bruno, que lo eligió como su director espiritual, y cada vez que podía se iba al convento de la Cartuja a pasar unos días en silencio y oración y pedirle consejos al santo fundador. Lo mismo el Conde Rogerio, quien desde el día en que se encontró con Bruno la primera vez, sintió hacia él una veneración tan grande, que no dejaba de consultarlo cuando tenía problemas muy graves que resolver. 

Y se cuenta que una vez a Rogerio le tenían preparada una trampa para matarlo, y en sueños se le apareció San Bruno a decirle que tuviera mucho cuidado, y así logró librarse de aquel peligro. Por aquel tiempo había sido nombrado Papa Urbano II, el cual de joven había sido discípulo de Bruno, y al recordar su santidad y su gran sabiduría y su don de consejo, lo mandó ir hacia Roma a que le sirviera de consejero.

Esta obediencia fue muy dolorosa para él, pues tenía que dejar su vida retirada y tranquila de La Cartuja para irse a vivir en medio del mundo y sus afanes. Pero obedeció inmediatamente. Es difícil calcular la tristeza tan grande que sus monjes sintieron al verle partir para lejanas tierras. Varios de ellos no fueron capaces de soportar su ausencia y se fueron a acompañarlo a Roma.

Y entonces el Conde Rogerio le obsequió una finca en Italia y allá fundó el santo un nuevo convento, con los mismos reglamentos de La Cartuja. Los últimos años del santo los pasó entre misiones que le confiaba el Sumo Pontífice, y largas temporadas en el convento dedicado a la contemplación y a la penitencia. Su fama de santo era ya muy grande.

Murió el 6 e octubre del año 1101 dejando en la tierra como recuerdo una fundación religiosa que ha sido famosa en todo el mundo por su santidad y su austeridad. Que Dios nos conceda como a él, el ser capaces de apartarnos de lo que es mundano y materialista, y dedicarnos a lo que es espiritual y lleva a la santidad.




Redacción

Nació como la tercera hija, de entre diez hermanos, en el seno una pobre familia de campesinos de la aldea Glogowiec, Mariana y Estanislao Kowalski, en la parroquia de Świnice Warckie. En el santo bautizo, celebrado en la iglesia parroquial de Swinice Warckie, le pusieron el nombre de Elena. 

Sólo pudo ir a la escuela por un breve período de menos de tres años, y ya a la edad de 16 años abandonó la casa familiar para trabajar como sirviente doméstica en Aleksandrów y Lodz, para así mantenerse a sí misma y poder ayudar a sus padres. 

Después de haber sido apresurada por una visión de Cristo sufriente, estuvo sirviendo en la casa de una familia, en Ostrówkek, municipio de Klembów, y el 1 de agosto de 1925, ingresó finalmente en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, en la que, en el día de la toma de hábito, recibió el nombre religioso de Sor María Faustina. Durante trece años de vida religiosa, residió en diversos conventos y casas de la Congregación. 

Los períodos más largos los pasó en Cracovia, Vilna y Płock. Padecía tuberculosis pulmonar y del tubo digestivo, por esta razón, tuvo que ser ingresada y recibir tratamiento prolongado en el hospital el Pradnik, en dos ocasiones, en Cracovia. 

Su vida, aparentemente ordinaria, ocultaba en su interior la extraordinaria profundidad de su unión con Dios, y la gran misión profética que Dios le había confiado. Recibió muchas gracias extraordinarias, alcanzando las más altas cimas a las que se puede llegar en la tierra, de unión con Dios. 

A través de Sor Faustina, Jesús recordó al mundo la verdad bíblica del amor misericordioso de Dios para con cada persona e hizo una llamada a todos para que proclamemos al mundo su amor misericordioso con fuerzas renovadas. 

A cada una de estas nuevas formas de culto y a la proclamación del mensaje de la Misericordia, el Señor vinculó grandes promesas con tal de cultivar la actitud de confianza en Dios, es decir, de cumplir su voluntad y ejercer la misericordia al prójimo. Para ello, Jesús transmitió nuevas formas de culto: la imagen con la inscripción „Jesús, en Ti confío”, la Fiesta de la Misericordia, la Coronilla a la Divina Misericordia y la oración en la hora de su agonía en la cruz, la llamada la Hora de la Misericordia. A cada uno de estas formas de culto, y también al hecho de proclamar el honor de la Misericordia, el Señor vinculó grandes promesas bajo la condición de esforzarse por conseguir la actitud de confianza en Dios (hacer su voluntad) y la caridad hacia el prójimo. 

En el cumplimiento de esta misión profética, ayudaban a Sor Faustina su director espiritual en Vilna, el Padre Miguel Sopoćko y el Padre José Andrasz SJ confesor de Cracovia. 

Del carisma y experiencia mística de San Sor Faustina surgió en la Iglesia el Movimiento Apostólico de la Divina Misericordia, que se ha propuesto continuar su misión de anunciar el misterio de la misericordia de Dios al mundo a través del testimonio de vida, mediante obras, palabras y con la oración. 

Sor Faustina falleció el 5 de octubre de 1938, a los 33 años de edad, en el convento de la Congregación en Cracovia-Lagiewniki. 

En 1966, sus restos mortales fueron trasladados desde el cementerio a la capilla de la Comunidad. Desde la beatificación, el día 18 de abril de 1993, que hizo el Santo Padre Juan Pablo II, el sepulcro con las reliquias, se encuentra en el altar lateral de la capilla del convento de Cracovia, lugar donde se encuentra la milagrosa imagen de Jesús Misericordioso, en el santuario de Cracovia-Lagiewniki. El día 30 de abril de 2000, el Papa Juan Pablo II la inscribió en el registro de los santos, y de ese modo, entregó a toda la Iglesia y al mundo, para el tercer milenio de la fe, el mensaje de misericordia, que santa Faustina, dejo escrito en su „Diario”, siguiendo el mandato de Jesús. El 25 de agosto de 1995, la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, cumpliendo con su misión carismática, reconoció a Sor Faustina como co-fundadora espiritual de la Congregación.




Redacción

Dicen que a San Francisco lo declaró santo el pueblo, antes de que el Sumo Pontífice le concediera ese honor, y que si se hace una votación entre los cristianos (aún entre los protestantes) todos están de acuerdo en declarar que es un verdadero santo. 

Todos, aun los no católicos, lo quieren y lo estiman. Lo quieren los pobres, porque él se dedicó a vivir en total pobreza, pero con gran alegría. Lo estiman los ecologistas porque él fue el amigo de las aves, los peces, de las flores, del agua, del sol, de la luna y de la madre tierra. 

Nació en Asís (Italia) en 1182. Su madre se llamaba Pica y fue sumamente estimada por él durante toda su vida. Su padre era Pedro Bernardone, un hombre muy admirador y amigo de Francia, por lo cual le puso el nombre de Francisco, que significa: “el pequeño francesito”. 

Juventud no muy santa

Cuando joven a Francisco lo que le agradaba era asistir a fiestas, paseos y reuniones con mucha música. Su padre tenía uno de los mejores almacenes de ropa en la ciudad, y al muchacho le sobraba el dinero. Los negocios y el estudio no le llamaban la atención. Pero tenía la cualidad de no negar un favor o una ayuda a un pobre siempre que pudiera hacerlo. 

Prisionero

Tenía veinte años cuando hubo una guerra entre Asís y la ciudad de Perugia. Francisco salió a combatir por su ciudad, y cayó prisionero de los enemigos. La prisión duró un año, tiempo que él aprovechó para meditar y pensar seriamente en la vida. Al salir de la prisión se incorporó otra vez en el ejército de su ciudad, y se fue a combatir a los enemigos. Se compró una armadura sumamente elegante y el mejor caballo que encontró. Pero por el camino se le presentó un pobre militar que no tenía con qué comprar armadura ni caballería, y Francisco, conmovido, le regaló todo su lujoso equipo militar. Esa noche en sueños sintió que le presentaban en cambio de lo que él había obsequiado, unas armaduras mejores para enfrentarse a los enemigos del espíritu. 

El llamado de Dios

Francisco no llegó al campo de batalla porque se enfermó y en plena enfermedad oyó que una voz del cielo le decía: “¿Por qué dedicarse a servir a los jornaleros, en vez de consagrarse a servir al Jefe Supremo de todos?”. Entonces se volvió a su ciudad, pero ya no a divertirse y parrandear sino a meditar en serio acerca de su futuro. La gente al verlo tan silencioso y meditabundo comentaba que Francisco probablemente estaba enamorado. 

El comentaba: “Sí, estoy enamorado y es de la novia más fiel y pura y santificadora que existe”. Los demás no sabían de quién se trataba, pero él sí sabía muy bien que estaba enamorando de la pobreza, o sea de una manera de vivir que fuera lo más parecida posible al modo totalmente pobre como vivió Jesús. Y se fue convenciendo de que debía vender todos sus bienes y darlos a los pobres. 

Un gran sacrificio

Paseando un día por el campo encontró a un leproso lleno de llagas y sintió un gran asco hacia él. Pero sintió también una inspiración divina que le decía que si no obramos contra nuestros instintos nunca seremos santos. Entonces se acercó al leproso, y venciendo la espantosa repugnancia que sentía, le besó las llagas. Desde que hizo ese acto heroico logró conseguir de Dios una gran fuerza para dominar sus instintos y poder sacrificarse siempre en favor de los demás. Desde aquel día empezó a visitar a los enfermos en los hospitales y a los pobres. Y les regalaba cuanto llevaba consigo. 

La voz del crucifijo

Un día, rezando ante un crucifijo en la iglesia de San Damián, le pareció oír que Cristo le decía tres veces: “Francisco, tienes que reparar mi casa, porque está en ruinas”. El creyó que Jesús le mandaba arreglar las paredes del templo de San Damián, que estaban muy deterioradas, y se fue a su casa y vendió su caballo y una buena cantidad de telas del almacén de su padre y le trajo dinero al Padre Capellán de San Damián, pidiéndole que lo dejara quedarse allí ayudándole a reparar esa construcción que estaba en ruinas. 

El sacerdote le dijo que le aceptaba el quedarse allí, pero que el dinero no se lo aceptaba (le tenía temor a la dura reacción que iba a tener su padre, Pedro Bernardone) Francisco dejó el dinero en una ventana, y al saber que su padre enfurecido, venía a castigarlo, se escondió prudentemente. 

Pedro Bernardone demandó a su hijo Francisco ante el obispo declarando que lo desheredaba y que tenía que devolverle el dinero conseguido con las telas que había vendido. El prelado devolvió el dinero al airado papá, y Francisco, despojándose de su camisa, de su saco y de su manto, los entregó a su padre diciéndole: “Hasta ahora he sido el hijo de Pedro Bernardone. De hoy en adelante podré decir: Padrenuestro que estás en los cielos”. 

El nuevo hábito

El Sr. Obispo le regaló el vestido de uno de sus trabajadores del campo: una sencilla túnica, de tela ordinaria, amarrada en la cintura con un cordón. Francisco trazó una cruz con tiza, sobre su nueva túnica, y con ésta vestirá y pasará el resto de su vida. Ese será el hábito de sus religiosos después: el vestido de un campesino pobre, de un sencillo obrero. 

Se fue por los campos orando y cantando, libre como el viento y como el aire y el sol. Unos guerrilleros lo encontraron y le dijeron: - ¿Usted quién es? -El respondió: - “Yo soy el heraldo o mensajero del gran Rey'’. Los otros no entendieron qué les quería decir con esto y en cambio de su respuesta le dieron una paliza. El siguió lo mismo de contento, cantando y rezando a su Dios. 

Después volvió a Asís a dedicarse a levantar y reconstruir el templo de San Damián. Y para ello empezó a recorrer las calles pidiendo limosna. La gente que antes lo había visto rico y elegante y ahora lo encontraba pidiendo limosna y vestido tan pobremente, se burlaba de él. Pero consiguió con qué reconstruir el pequeño templo. 

La Porciúncula

Este nombre es queridísimo para los franciscanos de todo el mundo, porque en la capilla llamada así fue donde Francisco empezó su comunidad. Porciúncula significa “pequeño terreno”. Era una finca chiquita con una capillita en ruinas. Estaba a 4 kilómetros de Asís. Los padres Benedictinos le dieron permiso de irse a vivir allá, y a nuestro santo le agradaba el sitio por lo pacífico y solitario y porque la capilla estaba dedicada a la Santísima Virgen. 

En la misa de la fiesta del apóstol San Matías, el cielo le mostró lo que esperaba de él. Y fue por medio del evangelio de ese día, que es el programa que Cristo dio a sus apóstoles cuando los envió a predicar. Dice así: “Vayan a proclamar que el Reino de los cielos está cerca. No lleven dinero ni sandalias, ni doble vestido para cambiarse. Gratis han recibido, den también gratuitamente”. Francisco tomó esto a la letra y se propuso dedicarse al apostolado, pero en medio de la pobreza más estricta. 

Sus primeros discípulos

El primero que se le unió en su vida de apostolado fue Bernardo de Quintavalle, un rico comerciante de Asís, el cual invitaba con frecuencia a Francisco a su casa y por la noche se hacía el dormido y veía que el santo se levantaba y empleaba muchas horas dedicado a la oración repitiendo: “mi Dios y mi todo”. Le pidió que lo admitiera como su discípulo, vendió todos sus bienes y los dio a los pobres y se fue a acompañarlo a la Porciúncula. 

El segundo compañero fue Pedro de Cattaneo, canónigo de la catedral de Asís. El tercero, fue Fray Gil, célebre por su sencillez. Viaje a Roma. 

Cuando ya Francisco tenía 12 compañeros se fueron a Roma a pedirle al Papa que aprobara su comunidad. Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas que la gente les daba. En Roma no querían aprobar esta comunidad porque les parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un cardenal dijo: “No les podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo en el evangelio”. Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a vivir en pobreza, en oración, en santa alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia de la Porciúncula. 

Dicen que Inocencio III vio en sueños que la Iglesia de Roma estaba a punto de derrumbarse y que aparecían dos hombres a ponerle el hombro e impedir que se derrumbara. El uno era San Francisco, fundador de los franciscanos, y el otro, Santo Domingo, fundador de los dominicos. Desde entonces el Papa se propuso aprobar estas comunidades. 

 Una vocación femenina

Clara, una joven muy santa de Asís, se entusiasmó por esa vida de pobreza, oración y mi la alegría que llevaban los seguidores de Francisco, y abandonando su familia huyó a hacerse monja según su sabia dirección. Con santa Clara fundó él las hermanas clarisas, que tienen hoy conventos en todo el mundo. 

Amigo de los animales

Francisco tenía la rara cualidad de hacerse querer de los animales. Las golondrinas le seguían en bandadas y formaban una cruz, por encima de donde él predicaba. Cuando estaba solo en el monte una mirla venía a despertarlo con su canto cuando era la hora de la oración de la medianoche. Pero si el santo estaba enfermo, el animalillo no lo despertaba. Un conejito lo siguió por algún tiempo, con gran cariño. Dicen que un lobo feroz le obedeció cuando el santo le pidió que dejara de atacar a la gente. 

Las llagas de Cristo

Francisco se retiró por 40 días al Monte Alvernia a meditar, y tanto pensó en las heridas de Cristo, que a él también se le formaron las mismas heridas en las manos, en los pies y en el costado. 

Los seguidores de San Francisco llegaron a ser tan numerosos, que en el año 1219, en una reunión general llamada “El Capítulo de las esteras”, se reunieron en Asís más de cinco mil franciscanos. Al santo le emocionaba mucho ver que en todas partes aparecían vocaciones y que de las más diversas regiones le pedían que les enviara sus discípulos tan fervorosos a que predicaran. Él les insistía en que amaran muchísimo a Jesucristo y a la Santa Iglesia Católica, y que vivieran con el mayor desprendimiento posible hacia los bienes materiales, y no se cansaba de recomendarles que cumplieran lo más exactamente posible todo lo que manda el santo evangelio. 

Misionero

Francisco recorría campos y pueblos invitando a la gente a amar más a Jesucristo, y repetía siempre: “El Amor no es amado”. Las gentes le escuchaban con especial cariño y se admiraban de lo mucho que sus palabras influían en los corazones para entusiasmarlos por Cristo y su religión. 

Dispuso ir a Egipto a evangelizar al sultán y a los mahometanos. Pero ni el jefe musulmán ni sus fanáticos seguidores quisieron aceptar sus mensajes. 

Entonces se fue a Tierra Santa a visitar en devota peregrinación los Santos Lugares donde Jesús nació, vivió y murió: Belén, Nazaret, Jerusalén, etc. En recuerdo de esta piadosa visita suya, los franciscanos están encargados desde hace siglos de custodiar los Santos Lugares de Tierra Santa. 

Su himno al sol

San Francisco, que era un verdadero poeta y le encantaba recorrer los campos cantando bellas canciones, compuso un himno a las criaturas, en el cual alaba a Dios por el sol, y la luna, la tierra y las estrellas, el fuego y el viento, el agua y la vegetación. “Alabado sea mi Señor por el hermano sol y la madre tierra, y por los que saben perdonar, etc.”.

Le agradaba mucho cantarlo y hacerlo aprender a los demás y poco antes de morir hizo que sus amigos lo cantaran en su presencia. Su saludo era “Paz y bien”. 

Muerte joven

Cuando sólo tenía 44 años sintió que le llegaba la hora de partir a la eternidad. Dejaba fundada la comunidad de Franciscanos, y la de hermanas Clarisas. Con esto contribuyó enormemente a enfervorizar la Iglesia Católica y a extender la religión de Cristo por todos los países del mundo. Los seguidores de San Francisco (franciscanos, capuchinos, clarisas, etc.) son el grupo religioso más numeroso que existe en la Iglesia Católica. 

El 3 de octubre de 1226, acostado en el duro suelo, cubierto con un hábito que le habían prestado de limosna, y pidiendo a sus seguidores que se amen siempre como Cristo los ha amado, murió como había vivido: lleno de alegría, de paz y de amor a Dios. 

Cuando apenas habían transcurrido dos años después de su muerte, el Sumo Pontífice lo declaró santo y en todos los países de la tierra se venera y se admira a este hombre sencillo y bueno que pasó por el mundo enseñando a amar a la naturaleza y a vivir desprendidos de los bienes materiales y enamorados de nuestro buen Dios. Fue él quien popularizó la costumbre de hacer pesebres para Navidad. 

San Francisco de Asís: pídele a Jesús que lo amemos tan intensamente como lo lograste amar tú.




Redacción

San Remigio fue el gran apóstol de los franceses. Se hizo célebre por su sabiduría, su admirable santidad y sus muchos milagros. Duró de obispo 70 años y llegó a ser famoso en toda la Iglesia. 

Recién ordenado sacerdote ya era considerado como uno de los mejores oradores de su época, y cuando tenía sólo 22 años, fue elegido obispo. El rey de los franceses, Clodoveo, era pagano y no aceptaba convertirse al cristianismo. Su esposa santa Clotilde rezaba mucho por él y le recomendaba la conversión. 

Y sucedió que los germanos o alemanes atacaron con fuerte ejército a los francos y Clodoveo salió con sus soldados a defender la patria. Al despedir a su esposo que se iba a la guerra, Clotilde le dijo: "Si quiere obtener la victoria, invoque al Dios de los cristianos. Si tiene confianza en Él, nadie será capaz de derrotarlo". Clodoveo prometió convertirse si conseguía la victoria. En plena batalla, cuando el triunfo le parecía imposible, recordando las palabras de su esposa gritó hacia el cielo: "Oh Cristo, a quien mi esposa invoca como hijo de Dios. Te pido que me ayudes. Creo en Ti. Si me salvas de mis enemigos recibiré el bautismo y entraré a tu religión". Enseguida los franceses atacaron a los alemanes con extraordinario valor y obtuvieron una gran victoria. 

Santa Clotilde mandó entonces llamar a San Remigio, que tenía fama de santo y de sabio, y le pidió que se dedicara a enseñar a Clodoveo la doctrina cristiana. El rey al volver victorioso, saludó a su esposa con estas palabras: "Clodoveo venció a los alemanes, y tú venciste a Clodoveo". Pero ella le respondió: "Esas dos victorias son obra de uno solo: Nuestro Señor Jesucristo". Desde entones el terrible pagano empezó a estudiar la religión para hacerse bautizar. Tenía temor de que el pueblo se revolucionara por quererles quitar la religión de sus antiguos dioses, pero el ejército y la multitud, al saber que su rey tan estimado se iba a hacer cristiano, le gritaron al unísono: "Desde hoy nos separamos de los dioses mortales, y nos declaramos seguidores del Dios inmortal del cual nos habla Remigio". 

Nuestro santo y sus sacerdotes se dedicaron con todo empeño a enseñar la religión a Clodoveo y a todos los que se iban a hacer bautizar junto con él. La Reina Clotilde, para impresionar la imaginación de aquel pueblo bárbaro, mandó que adornaran con palmas y flores las calles que llevaban desde el palacio del rey hasta el templo donde iba a ser el bautismo. Y que todo el trayecto y también el templo se iluminara con gran cantidad de antorchas y que fueran quemando incienso que llenara el aire de agradables aromas. 

Los que iban a ser bautizados se dirigieron hacia la Casa de Dios cantando las letanías de los santos y llevando cada uno su cruz. San Remigio conducía de la mano al rey, seguido por la reina y todo el pueblo. Antes de echarle el agua del bautismo el santo obispo le dijo: "Orgulloso guerrero: tienes que quemar lo que has adorado, y adorar lo que has quemado". Con esto quería decirle que en adelante debía abandonar sus antiguas malas costumbres paganas y observar la santa religión de Cristo Jesús. En seguida San Remigio, ayudado por otros tres obispos y por muchos otros sacerdotes, bautizó a dos hermanas del rey y a tres mil de sus soldados con sus mujeres y niños. Ese fue un día grande en el que la nación francesa empezó a pertenecer a nuestra santa religión. 

El resto de su vida la empleó Remigio en instruir al pueblo y en ayudar a los necesitados, y combatir a los herejes que enseñaban doctrinas equivocadas. Dios le concedió el don de hacer curaciones y anunciar lo que iba a suceder en lo futuro. Murió en el 530. Cuando ya era un anciano de más de noventa años, algunos se burlaron de él diciéndole que era demasiado viejo, y les respondió: "En vez de reírse porque he llegado a esta edad, más bien lo que deberían hacer sería darle gracias a Nuestro Señor, porque en todo este tiempo no he dado mal ejemplo a nadie". 

Ojalá pudiéramos repetir también nosotros semejante afirmación tan consoladora. Los franceses han tenido siempre una gran admiración y veneración por San Remigio y nosotros damos gracias a Dios porque nunca dejará de enviar a su Iglesia apóstoles que conviertan a los pecadores.




Redacción

En la S. Biblia la palabra Ángel significa "Mensajero". Un espíritu purísimo que está cerca de Dios para adorarlo, y cumplir sus órdenes y llevar sus mensajes a los seres humanos. 

Ya en el siglo II el gran sabio Orígenes decía: "Los cristianos creemos que a cada uno nos designa Dios un ángel para que nos guíe y proteja". Y se basa esta creencia en la frase del Salmo 90: "A sus ángeles ha dado órdenes Dios, para que te guarden en tus caminos". Y en aquella otra frase tan famosa de Jesús: "Cuidad de no escandalizar a ninguno de estos pequeñuelos, porque sus ángeles están siempre contemplando el rostro de mi Padre Celestial". 

Y Judit en la Biblia al ser recibida como libertadora de Betulia exclamaba: "El ángel del Señor me acompañó en el viaje de ida, en mi estadía allá , y en el viaje de venida". En el Nuevo Testamento es tan viva la creencia de que cada uno tiene un ángel custodio, que cuando San Pedro al ser sacado de la cárcel llega a llamar a la puerta de la casa donde están reunidos los discípulos de Jesús, ellos creen al principio, que no es Pedro en persona y exclaman: "Será su ángel" (Hechos 12, 15). 

Ya en el año 800 se celebraba en Inglaterra una fiesta a los Ángeles de la Guarda y desde el año 1111 existe una oración muy famosa al Ángel de la Guarda. Dice así: 
Ángel del Señor, que por orden de su piadosa providencia eres mi guardián, custodiame en este día (o en esta noche) ilumina mi entendimiento, dirige mis afectos, gobierna mis sentimientos, para que jamás ofenda a Dios Señor. Amen."  
En el año 1608 el Sumo Pontífice extendió a toda la Iglesia universal la fiesta de los Ángeles Custodios y la colocó el día 2 de octubre. 

San Bernardo en el año 1010 hizo un sermón muy célebre acerca del Ángel de la Guarda, comentando estas tres frases: "Respetemos su presencia (portándonos como es debido). Agradezcámosle sus favores (que son muchos más de los que nos podemos imaginar). Y confiemos en su ayuda (que es muy poderosa porque es superior en poder a los demonios que nos atacan y a nuestras pasiones que nos traicionan)."

San Juan Bosco narra que el día de la fiesta del Ángel de la Guarda, un dos de octubre, recomendó a sus muchachos que en los momentos de peligro invocaran a su Ángel Custodio y que en esa semana dos jóvenes obreros estaban en un andamio altísimo alcanzando materiales y de pronto se partió la tabla y se vinieron abajo. Uno de ellos recordó el consejo oído y exclamó: "Ángel de mi guarda!". Cayeron sin sentido. Fueron a recoger al uno y lo encontraron muerto, y cuando levantaron al segundo, al que había invocado al Ángel Custodio, este recobró el sentido y subió corriendo la escalera del andamio como si nada le hubiera pasado. Preguntado luego exclamó: "Cuando vi que me venía abajo invoqué a mi Ángel de la Guarda y sentí como si me pusieran por debajo una sábana y me bajaran suavecito. Y después ya no recuerdo más". Así lo narra el santo.




Redacción

El destino de Abel, asesinado por su propio hermano, se repite en Wenceslao. Pero el crimen perpetrado en el año 929 es aún más atroz, más inhumano, por la instigadora del asesinato, Drahomira, la madre del asesinado. 

Desde hacía tiempo la voz de la sangre había sido ahogada por el odio profundo que la madre sentía contra su hijo, educado con esmero en la religión cristiana y completamente diferente a ella, a pesar de que ella también había sido bautizada. La infame mujer no había podido evitar que su esposo, el duque Bratislao de Bohemia, confiara la educación del niño Wenceslao a su piadosa abuela, Ludmila, pues conocía muy bien el carácter sombrío de su esposa. 

Por esta razón, ella, mujer enfermiza y vanidosa, herida en su orgullo, se reservó personalmente la educación de su segundo hijo, Boleslao, quien, a la postre, llegó a ser un perfecto trasunto de su madre. Cuando murió el padre, los dos niños todavía eran muy pequeños para sucederle en el trono. En su lugar Drahomira tomó la regencia. Empezaron tiempos difíciles para el cristianismo en Bohemia. 

Cuando Drahomira ya había ocasionado muchas perturbaciones, Wenceslao se le enfrentó, tomó las riendas del gobierno de una parte del país y asignó a su hermano la otra parte. Drahomira se retiró a la corte pagana de Boleslao, donde se sentía más a gusto. Wenceslao creyó que su madre había sepultado su rencor. Siendo él honrado y veraz, no sospechaba las malas intenciones de ella, y se inclinaba por disculpar sus atrocidades anteriores debidas a sus falsas ideas religiosas. 

Diariamente le pedía a Dios que le iluminara el entendimiento, y procuraba reparar el daño causado por Drahomira con las crueldades de su gobierno. En la frecuencia de los sacramentos también recibió la gracia y fortaleza para cumplir con sus obligaciones de duque. La Iglesia volvió a vivir en paz. Los pobres, las viudas y los huérfanos, cuyas miserias mitigó, rogaban para que Dios lo protegiera. Y de verdad necesitaba protección de Dios, puesto que Drahomira no podía olvidar que él le había destronado. Se sentía apoyada por aquellas numerosas familias poderosas, partidarias aún de los viejos dioses, que odiaban al joven duque porque éste los había eliminado de todos los puestos del gobierno y había dado los cargos a cristianos de confianza. Su secreto círculo de oposición animó a Drahomira al crimen. 

Asesinos a sueldo estrangularon con su propio velo a Ludmila, la abuela y consejera venerada del duque, en la capilla del castillo de Tetín, en septiembre de 921. Poco después, Drahomira logró atraer a Wenceslao a Altbunzlau, el castillo de su hermano, para festejar el nacimiento del hijo de éste. Sin la mínima sospecha, Wenceslao cayó en la trampa. 

Cuando a la hora acostumbrada se dirigía a la iglesia para el Santo Sacrificio, fue atravesado por la lanza de su hermano. Expiró el 28 de septiembre de 929. 

Inmediatamente el pueblo lo proclamó mártir y su sepultura fue un centro de peregrinaciones. Tres años después cuando se comenzó a hablar de los milagros que se realizaban en la tumba de Wenceslao, su hermano trasladó los restos a la catedral de San Vito en Praga, que él había fundado y dónde aún descansan. 

Wenceslao es el apóstol de la unidad: unidad entre los familiares, unidad en la patria y unidad en su pueblo con los vecinos. Vale para él la gran bienaventuranza: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. “Los hombres que viven en condiciones de libertad y bienestar no pueden apartar los ojos de esta cruz y pasar en silencio ante el testimonio de aquellos que pertenecen a la que se suele llamar “Iglesia del silencio”. La Iglesia forzada al silencio, en las condiciones de una “ateización” obligatoria, crece interiormente desde la cruz de Cristo y, con su silencio, proclama la verdad más grande. La verdad, que Dios mismo ha inscrito en los fundamentos de nuestra redención”. 
Juan Pablo II, Alocución, 30 de marzo de 1980.








Redacción

Una pequeña choza, en la comarca más pobre de Francia, fue la casa paterna de Vicente. Cuidó y reunió dinero para sus estudios, dando clases a alumnos retrasados. No tenía la menor intención de ser un santo. Su meta era conseguir un beneficio eclesiástico para mantener a sus padres y hermanos. A los 19 años ofició su Primera Misa y, a los 23 años, sus estudios académicos le merecieron el grado de bachiller en teología. 

Más de repente una rara aventura anuló todos sus planes, tenazmente perseguidos. Sin misericordia había metido en la cárcel a un deudor para que pagara. Pero, cuando tranquilamente navegaba de Marsella a Tolosa, fue herido por piratas tunecinos, vendiendo como esclavo y tratado con tan poca misericordia como él había tratado a su deudor. Trabajando diariamente bajo el sol abrasador de África, expió las culpas de su carácter inquieto. Después de algunos años de esclavitud, logró fugarse y llegó a París, donde la princesa Margarita de Valois le encomendó la distribución de las limosnas. 

Vicente de Paúl era en la gran ciudad uno de tantos miles de curas que, sin campo de acción propiamente dicho, gozaban de sus beneficios, mientras que en las regiones rurales los sacerdotes, mal pagados, apenas administraban los sacramentos. Las palabras y el ejemplo de su confesor, el padre Bérulle, el Oratorio de París, sacaron al joven sacerdote de su comunidad burocrática, cuatro años de luchas, angustias y dudas lo mandaron para cambiar radicalmente su vida. 

Vicente de Paúl dejó el servicio de la princesa. Como cura de la parroquia suburbana de Clichy, aprendió a deshacerse de sus bienes a favor de los pobres. Espantado de la ignorancia religiosa del pueblo, empezó, con la ayuda de los padres jesuitas, las misiones populares. Como párroco de Chatillon les Domes, realizó la idea de la misericordia fraternal dentro de la comunidad en una forma completamente nueva. Con un sermón conmovió los corazones de sus feligreses de tal suerte, que muchísimos se dedicaron al cuidado personal de los enfermos y a visitar a los pobres, compartiendo sus bienes con ellos. 

Vicente de Paúl encauzó ese cielo impetuoso en dos cofradías eclesiásticas para hombres y mujeres: “las Siervas de los Pobres”, que se encargarían del cuidado regular de los pobres y enfermos, y “Los Ayudantes de los Pobres” que, con la misma regularidad, debían cuidar de los pobres en general, los abandonados y los limosneros. Así creó el modelo para futuras asociaciones y vicentinas e isabelinas. Con la ayuda del jefe de las galeras, abrió la primera misión de reclusos en las prisiones de París y en las galeras de Marsella y obtuvo éxitos milagrosos con los criminales más desalmados y degenerados. Luis XIII, con razón, lo nombró superior de todas las galeras. 

Vicente de Paúl encontró en todas partes sacerdotes magnánimos que quisieron ayudarle en esta generosa opción por los pobres. No quería fundar una orden. Su comunidad sólo debía ser una asociación de sacerdotes seculares, bajo una dirección firme. Así a cualquier hora de día los “barbichets”, como se les llamaba, salían de tres en tres a los pueblos. También hubo entre ellos sacerdotes misioneros que fueron a Túnez a rescatar esclavos cristianos; a Madagascar y Asia, para poner las bases de una acción misionera entre los pueblos paganos. 

En el año 1625 había tres sacerdotes de la Congregación de la Misión. Al morir el santo eran 622. Para los ejercicios espirituales del clero recibió Vicente el antiguo hostal de leprosos de San Lázaro. De esa casa surgió la renovación de una gran parte del clero francés. Luis XIII mandó ocupar las sedes episcopales vacantes exclusivamente con sacerdotes que, con regularidad, habían asistido a dichas pláticas. 

Sabemos que la palabra “misericordia” tenía un significado especial para Vicente. Para él, la diferencia entre obras de caridades corporales o espirituales era teórica. No podía imaginar las unas sin las otras. Si a un pobre hombre lo sacaba de la miseria, era natural que también le acercara la luz de la gracia a su mente ensombrecida; y si le preocupaba por un alma perdida, se hubiera avergonzado si sus protegidos hubiesen seguido sufriendo hambre y frío, inmundicia y enfermedad. Muchísimo le ayudó Luisa de Marillac, viuda de Le Gras, al fundador la Congregación de las Hermanas de la Caridad. 

El hábito de las “vicentinas” se convirtió al fin en símbolo de la caridad moderna. Lo que estas hermanas sencillas realizaron en tiempos de guerra o de paz, en las barracas infestadas de cólera o de tifo, con heroísmo callado desde hace trescientos años, no podrá recompensarlo ningún premio Nobel del mundo. Las diversas fundaciones de San Vicente en todo el mundo muestran su espíritu apóstol, que practicó el himno al amor de San Pablo.

Al pasar a mejor vida, el 27 de septiembre de 1660, sus amigos recordaron estas palabras del santo: 
Después de dar todo por Nuestro Señor, ya no nos queda nada que regalar. Pondremos la llave bajo la puerta y calladamente nos iremos”. 
“Este aspecto central de la evangelización fue subrayada por Juan Pablo II: “He deseado vivamente este encuentro, porque me siento solidario con vosotros y porque siendo pobres tenéis derecho a mis particulares desvelos; os digo el motivo: el Papa os ama porque sois los predilectos de Dios. Él mismo al fundar su familia, la Iglesia, tenía presente a la humanidad pobre y necesitada. Para redimirla envió precisamente a su Hijo, que nació pobre y vivió entre los pobres, para hacernos ricos en su pobreza” (cfr. II Cor 8, 9). Alocución en el barrio de Santa Cecilia: AASLXXI, p. 220” D.P., n. 1143.




Redacción

La devoción a estos mártires es muy antigua, pero en el tiempo de los bárbaros se perdió todo rastro de su historia. 

El recuerdo de los mártires se diversifica en varias leyendas, de suerte que la histografía se enfrenta al problema de reconocer o de negar sencillamente la vida de estos gemelos famosos.

 A principios del siglo VI, el Papa Félix III les dedicó una antigua basílica en el foro Romano, construida sobre las ruinas de dos templos antiguos. Desde entonces persiste su veneración. La devoción popular adornó el destino de los dos hermanos con especial cariño y veneración, afirmando que su patria había sido Arabia, donde aprendieron el arte de la medicina, que ejercieron tan felizmente que lograban liberar a los hombres y hasta a los animales de muchas enfermedades. No aceptaban dinero por sus servicios, pues lo que habían recibido de Dios también debía pertenecer a Dios y a sus criaturas. 

Su interrogatorio ante el perfecto Lisias y su condena a castigos cada vez más severos, no se diferencia en nada del curso ordinario de las sesiones de los tribunales, pero ya en las primeras palabras ante el juez resalta la frase imborrable: 
No codiciamos bienes terrenales porque somos cristianos” 
¿Podría expresarse en forma más bella y atinada el perfecto desprendimiento cristiano? En pocas palabras vibra el espíritu del cristianismo y perdura el heroísmo ante la gran persecución. 

Cosme y Damián son los únicos santos de la Iglesia oriental que fueron aceptados en el canon de la Santa Misa. Desde tiempos remotos, los médicos y boticarios los eligieron como patronos especiales de su profesión. 

“La pobreza evangélica se lleva a la práctica también con la comunicación y la participación de los bienes materiales y espirituales; no por imposición sino por el amor, para que la abundancia de unos remedie la necesidad de otros.” D.P., n. 1150.




Redacción

Este humilde hermano franciscano escribió por orden expresa de sus superiores los recuerdos de hechos especiales que le sucedieron en su vida. 

Son los siguientes: Nació en 1620 en el pueblo italiano de Sezze De familia pobre, cuando empezó a asistir a la escuela, un día por no dar una lección, el maestro le dio una paliza tan soberana que lo mandó a cama. Entonces los papás lo enviaron a trabajar en el campo y allá pensaba vivir para siempre. 
Pero sucedió que un día una bandada de aves espantó a los bueyes que Carlos dirigía cuando estaba arando, y estos arremetieron contra él con gravísimo peligro de matarlo. Cuando sintió que iba a perecer en el accidente, prometió a Dios que si le salvaba la vida se hacía religioso. Y milagrosamente quedó ileso, sin ninguna herida. 

Entonces otro día al ver pasar por allí unos religiosos franciscanos les pidió que le ayudaran a entrar en su comunidad. Ellos lo invitaron a que fuera a Roma a hablar con el Padre Superior, y con su recomendación se fue allá con tres compañeros más. El superior para probar si en verdad tenía virtud, los recibió muy ásperamente y les dijo que eran unos haraganes que sólo buscaban conseguirse el alimento gratuitamente, y los echó para afuera. Pero ellos se pusieron a comentar que su intención era buena y que deberían insistir. Y entraron por otra puerta del convento y volvieron a suplicar al superior que los recibiera. Este, haciéndose el bravo, les dijo que esa noche les permitía dormir allí como limosneros pero que al día siguiente tendrían que irse definitivamente. 

Los cuatro aceptaron esto con toda humildad, pero al día siguiente en vez de despacharlos les dijeron que ya habían pasado la prueba preparatoria y que quedaban admitidos como aspirantes. En el noviciado el maestro lo mandó a que sembrara unos repollos, pero con la raíz hacia arriba. El obedeció prontamente y los repollos retoñaron y crecieron. Después el superior del noviciado empezó a humillarlo y humillarlo. El aguantaba todo con paciencia, pero al fin viendo que iba a estallar en ira, se fue a donde el maestro de novicios a decirle que se volvía otra vez al mundo porque ya no resistía más.

El sacerdote le agradeció que le hubiera confiado sus problemas y le arregló su situación y pudo seguir tranquilo hasta ser admitido como franciscano. Ya religioso, un día se entraron a la huerta del convento unos toros bravos que embestían a todo fraile que se les presentara. El superior, para probar qué tan obediente era el hermano Carlos, le ordenó: “Vaya, amarre esos toros y sáquelos de aquí”. El se llevó un lazo, les echó la bendición a los feroces animales y todos se dejaron atar de los cachos y lo fueron siguiendo como si fueran mansos bueyes. La gente se quedó admirada ante semejante cambio tan repentino, y consideraron este prodigio como un premio a su obediencia. 

Para que no se volviera orgulloso a causa de las cosas buenas que le sucedían, permitió Dios que le sucedieran también cosas muy desagradables. Lo pusieron de cocinero y los platos se le caían de la mano y se le rompían, y esto le ocasionaba tremendos regaños. Una noche dejó el fogón a medio apagar y se quemó la cocina y casi se incendia todo el convento. Entonces fue destituido de su cargo de cocinero y enviado a cultivar la huerta. A un religioso que le preguntaba por qué le sucedían hechos tan desagradables, le respondió: “Los permite Dios para que no me llene de orgullo y me mantenga siempre humilde”. 

Después lo nombraron portero del convento y admitía a todo caminante pobre que pidiera hospedaje en las noches frías. Y repartía de limosna cuanto la gente traía. Al principio el superior del convento le aceptaba esto, pero después lo llamó y le dijo. “De hoy en adelante no admitiremos a hospedarse sino a unas poquísimas personas, y no repartiremos sino unas pocas limosnas, porque estamos dando demasiado”. El obedeció, pero sucedió entonces que dejaron de llegar las cuantiosas ayudas que llevaban los bienhechores. El superior lo llamó para preguntarle: “¿Cuál será la causa por la que han disminuido tanto las ayudas que nos trae la gente?”. “La causa es muy sencilla –le respondió el hermano Carlos--. Es que dejamos de dar a los necesitados, y Dios dejó de darnos a nosotros. Porque con la medida con la que repartamos a los demás, con esa medida nos dará Dios a nosotros”. Desde ese día recibió permiso para recibir a cuanto huésped pobre llegara, y de repartir todas las limosnas que la gente llevaba, y Dios volvió a enviarles cuantiosos donativos. 

Tuvo que hacer un viaje muy largo acompañado de un religioso y en plena selva se perdieron y no hallaban qué hacer. Se pusieron a rezar con toda fe y entonces apareció una bandada de aves que volaban despacio delante de ellos y los fueron guiando hasta lograr salir de tan tupida arboleda. El director de su convento empezó a tratarlo con una dureza impresionante. Lo regañaba por todo y lo humillaba delante de los demás. Un día el hermano Carlos sintió un inmenso deseo de darle un golpe e insultarlo. Fue una tentación del demonio. Se dominó, se mordió los labios, y se quedó arrodillado delante del otro, como si fuera una estatua, y no le dijo ni le hizo nada. Era un acto heroico de paciencia. 

¿Qué era lo que había sucedido? Que el Superior Provincial había enviado una carta muy fuerte al director diciéndole que le habían escrito contándole faltas de él. Y éste al pasar por la celda de Carlos había visto varias veces que estaba escribiendo. Entonces se imaginó que era él quien lo estaba acusando. Su apatía llegó a tal grado que lo hizo echar de ese convento y fue enviado a otra casa de la comunidad. Al llegar a aquel convento el provincial, le dijo al tal superior que no era Carlos quien le había escrito. Y averiguaron qué era lo que este religioso escribía y vieron que era una serie de consejos para quienes deseaban orar mejor. El irritado director tuvo que ofrecerle excusas por su injusto trato y sus humillaciones. Pero con esto el sencillo hermano había crecido en santidad. 

Las gentes le pedían que redactara algunas normas para orar mejor y crecer en santidad. El lo hizo así y permitió que le publicaran el folleto. Esto le trajo terribles regaños y casi lo expulsan de la comunidad. El pobre hombre no sabía que para esas publicaciones se necesitan muchos permisos. Humillado se arrodilló ante un crucifijo para contarle sus angustias, y oyó que Nuestro Señor le decía: “Ánimo, que estas cosas no te van a impedir entrar en el paraíso”. La petición más frecuente del hermano Carlos a Dios era esta: “Señor, enciéndeme en amor hacia Ti”. Y tanto la repitió que un día durante la elevación de la santa hostia en la Misa, sintió que un rayo de luz salía de la Sagrada Forma y llegaba a su corazón. 

Desde ese día su amor a Dios creció inmensamente. Al fin los superiores se convencieron de que este sencillo religioso sí era un verdadero hombre de Dios y le permitieron escribir su autobiografía y publicar dos libros más, uno acerca de la oración y otro acerca de la meditación. 

Gracias hermano Carlos porque nos dejaste estos bellos recuerdos de tu vida. Con razón el Papa Juan XXIII sentía tanta alegría al declararte santo en 1959, porque la vida tuya es un ejemplo de que aun en los oficios más humildes y en medio de humillaciones e incomprensiones podemos llegar a un alto grado de santidad y ganarnos la gloria del cielo. 
“AL QUE SE HUMILLA, DIOS LO ENALTECE” (Sn Lc 14, 11).




Redacción

CRISTÓBAL (+ 1527)

La conversión de las personas adultas era bastante difícil en los comienzos de la evangelización; reinaba una fuerte tradición de creencias y costumbres contrarias a la religión cristiana, además del desconocimiento de la lengua. Por tal motivo los franciscanos optaron por reunir a los hijos de los caciques y también a la gente humilde para enseñarles las principales verdades del cristianismo, la gramática, el canto y algunos oficios. 

Acxotécatl mandó a tres de sus hijos a esta escuela franciscana, pero quiso enviar a Cristobalito, hijo predilecto, futuro heredero de sus bienes. Sus otros hermanos lo descubrieron, y los franciscanos fueron por él. El niño hizo rápidos progresos en el aprendizaje de la doctrina cristiana; él mismo pidió el Bautismo, el cual le fue administrado. Desde aquel momento quedó convertido en un magnífico y activo catequista. 

Todo cuanto aprendía y oía predicar a los frailes, lo repetía él, exhortando a su padre y a los vasallos de éste para que abandonaran el culto a los ídolos y la embriaguez, que son pecados graves contra Dios. Acxotécatl creyó al principio que se trataba de una simple repetición, así que no le dio importancia, pero la predicación del niño era constante y persuasiva y, viendo que su padre no le hacía caso, comenzó a romper los ídolos que hallaba en su casa y a derramar el pulque. Esta misma acción la repitió en distintas ocasiones. Acxotécatl le perdonó las primeras veces; pero viendo la insistencia de su hijo, determinó quitarle la vida. Fingió celebrar una fiesta familiar y mandó traer a sus hijos que se educaban en la escuela de los franciscanos. Cuando llegaron, ordenó que saliesen, excepto Cristóbal, al cual tomó de los cabellos, lo tiró al suelo, le dio de puntapiés, y con un palo grueso de encina le dio muchos golpes, quebrantándole los brazos y las piernas; la sangre corría por todo el cuerpo. 

En esta situación Cristobalito invocaba a Dios diciendo: 
Dios mío, ten misericordia de mí, y si tú quieres que yo muera, muera yo; y si tú quieres que viva, líbrame de este cruel de mi padre”. 
Y como el niño no moría, lo arrojó en una hoguera. En medio de sus tomentos seguía invocando a Dios y a la Virgen María durante las horas que sobrevivió. Al día siguiente llamó a su padre y le dijo: “Padre, no pienses que estoy enojado, yo estoy muy alegre, y sábete que me has hecho más honra que no vale tu señorío”. Poco después murió. La muerte de Cristobalito tuvo lugar en Atlihuetzia en 1527, solamente tres años después de la llegada de los doce misioneros franciscanos. 

 ANTONIO Y JUAN (+ 1529) 

El Señor bendijo a Tlaxcala con otros dos hijos suyos que dieron su vida por llevar el mensaje de la Buena Nueva a otros pueblos que no conocían a Dios. Ellos fueron Antonio y Juan, los cuales nacieron en Tizatlán, Tlax., hacia 1516-17. El primero era nieto de Xicoténcatl, señor de Tizatlán, noble y heredero del señorío. Juan, de condición humilde, era servidor de Antonio. Ambos se educaban en la escuela franciscana de Tlaxcala. 

En 1529 los dominicos se propusieron evangelizar Oaxaca. De paso por Tlaxcala, fray Bernardino Minaya, con otro compañero suyo, rogó a fray Martín de Valencia que le diera unos niños que quisieran acompañarlos en su misión. Fran Martín manifestó públicamente la petición de los dominicos, e inmediatamente se ofrecieron Juan y Diego (que no murió). Antes de emprender el viaje, fray Martín les dijo: “Hijos míos, mirad que habéis de ir fuera de vuestra tierra, y vais entre gente que no conoce aún a Dios, y creo que os veréis en muchos trabajos; yo siento vuestros trabajos como de mis propios hijos, y aun tengo temor que os maten por esos caminos; por eso, antes que os determinéis, miradlo bien”. Ellos contestaron: “Padre, para eso nos has enseñado lo que toca a la verdadera fe. Nosotros estamos dispuestos a ir con los padres y a recibir de buena voluntad todo trabajo por Dios; y si fuere servido de nuestras vidas, ¿no mataron a San Pedro crucificándole y degollaron a San Pablo, y San Bartolomé no fue desollador, por Dios?” 

Por estas consideraciones que hacían, caemos en la cuenta que la enseñanza de los misioneros había penetrado hondamente en la conciencia de los niños y la gracia actuaba en el alma de estos pequeños catequistas para convertirlos en testigos del Evangelio. Llegados a Terpeaca, Puebla, los frailes dominicos se detuvieron a evangelizar a los naturales y los niños les ayudaban a recoger los ídolos; poco después se fueron a Cuauhtinchán, Puebla, para continuar la misma encomienda de los misioneros. 

Juan entró a una casa para recoger ídolos. Llegaron unos indios armados con palos, y descargaron tan terribles golpes sobre él, que murió al instante. Llegó Antonio, y viendo la crueldad de los malhechores no huyó, sino que con grande ánimo les dijo: “¿Por qué matáis a mi compañero, que no tiene la culpa, sino yo que os quito los ídolos, porque sé que son diablos y no son dioses?” Al oír esto los naturales dieron fuertes golpes a Antonio, quien también murió allí. 

Los tres niños mártires fueron beatificados por Su Santidad Juan Pablo II, en la ciudad de México, el 6 de mayo de 1990. 

Mons. Epitacio Ángel Cano. Los tres niños mártires, ejemplo de generosidad apostólica y misionera. “Con inmenso gozo he proclamado también beatos a los tres niños mártires de Tlaxcala: Cristóbal., Antonio y Juan. En su tierna edad fueron atraídos por la palabra y el testimonio de los misioneros y se hicieron sus colaboradores, como catequistas de otros indígenas. Son un ejemplo sublime y aleccionador de cómo la evangelización es tarea de todo el pueblo de Dios, sin que nadie quede excluido, ni siquiera los niños. Con la Iglesia de Tlaxcala y de México me complace poder ofrecer a toda América Latina y a la Iglesia Universal este ejemplo de piedad infantil, de generosidad apostólica y misionera, coronada por la gracia del martirio. En la exhortación apostólica Christifideles laici quise poner particularmente de relieve que la inocencia de los niños “nos recuerda que la fecundidad misionera de la Iglesia tiene su raíz vivificante, no en los medios y méritos humanos, sino en el don absolutamente gratuito de Dios” (n. 47). 
Ojalá el ejemplo de estos niños mártires beatificados suscite una inmensa multitud de pequeños apóstoles de Cristo entre los muchachos y muchachas de Latinoamérica y del mundo entero, que enriquezcan espiritualmente nuestra sociedad tan necesitada de amor”. 
Juan Pablo II, Homilía en la Misa de beatificación en la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe (6-V-90).



Redacción

Por consideración, San Lucas, San Juan y San Marcos evitan mencionar el origen y la profesión de San Mateo, pues, según la primitiva tradición cristiana, Mateo no era otro sino el publicano Leví de Cafarnaúm.

Sin embargo, Mateo, humilde y agradecido con el Maestro, que no lo había menospreciado, se describió a sí mismo con la palabra vergonzante de “publicano”, pues quería que la bondad y misericordia del Hijo del hombre quedaran visibles para todos.

Cuando el Rabí de Nazaret se detuvo junto a él, en Cafarnaúm, lo miró y no le dijo más que “¡Ven!”, en lo más recóndito de su alma quedó tan conmovido, que, sin preguntar y sin pensar en el futuro, abandonó su puesto para siempre.

Hasta entonces había sido cobrador de impuestos, un cómplice de los romanos; un hombre ante el cual los judíos escupían  con ira impotente y al que consideraban como pecador público.  Expulsado por su propio pueblo, no tenía más que la riqueza de su bien remunerado oficio, pero lo abandonó al ver cómo Jesús, respetando su dignidad humana, lo protegía abiertamente contra el odio de los fariseos y lo llamaba a formar parte de sus discípulos.

Lo único que nos cuenta la Sagrada Escritura es que el cobrador de impuestos, antes rico, se unió a los pescadores Andrés y Pedro, Santiago y Juan y, junto con ellos, soportó las carencias de la vida apostólica, las asechanzas de las escuelas legalistas de su patria, para pertenecer a los seguidores del nuevo Reino y anunciar el mensaje de salvación a los hombres.

Desde hace dos mil años, mediante su versión del evangelio, San Mateo nos da un importante testimonio de Cristo Jesús, su Maestro y Salvador. El escritor de dicho evangelio no sólo debió de ser un observador sagaz, cualidad propia de un publicano, sino también un ser humano de carácter profundo, que sabía describir lo que había visto con una originalidad conmovedora y llena de vida. En cada escena capta lo esencial en forma clara y segura, pero también es testimonio de fiel entrega y de cariño, pues sólo quien logra sacrificarse para pertenecer en cuerpo y alma al Hijo de Dios lo puede describir como lo hizo San Mateo.

Al antiguo publicano le debemos la primera relación de la vida y pasión de Jesucristo. La escribió en la lengua aramea de su patria, para que toda persona inculta, tanto el artesano de la aldea como el cargador y el pastor del monte, pudiera escuchar y entender el Evangelio de la salvación. Así, valientemente, dio testimonio a favor del Crucificado; así le agradeció al Maestro la gracia incomparable de haberlo llamado; así ayudó a su pueblo a convertirse y a glorificar a Cristo, rechazado por las autoridades religiosas.

El símbolo artístico del Apóstol Mateo, como el de los demás evangelistas, se lo debemos a San Jerónimo y a San Agustín. A San Mateo corresponde un ser humano, porque éste empieza su Evangelio con la genealogía humana de Jesucristo. El león fue asignado a San Marcos, ya que su Evangelio empieza con la vida de Jesús en el desierto. A San Lucas le corresponde la imagen típica del toro, porque su Evangelio empieza con el sacrificio del sacerdocio antiguo en Jerusalén. A San Juan, en fin, se le representa por el águila, porque su Evangelio se remonta como águila y penetra desde las primeras líneas en la generación eterna del Verbo.

Los restos de San Mateo, según la tradición legendaria, se veneran en la catedral de Salerno.
No abandonas a tu rebaño, sino que lo sigues por medio de los santos Apóstoles, para conducirlo siempre, guiado por los mismos pastores que le pusiste al frente como vicarios de tu Hijo”.
Prefacio de los Apóstoles I.



Redacción

PABLO CHONG HASANG (1795-1839)

Pablo Chong Hasang nació en Mahyón, Corea, el año 1795, perteneciente, como su familia, a la nobleza coreana. Sus tíos eran de los mejores sabios del país. Su padre, Agustín Chong-Yak-jong, murió martirizado a causa de su fidelidad a Cristo y a la Iglesia el 8 de abril de 1901, y el mismo año murió mártir también su hermano Carlos, cuando el pequeño Pablo contaba apenas 7 años, más tarde dieron su vida por la fe su madre Cecilia y su hermana Isabel. ¡De verdad fue una familia de mártires!
Por entonces todas sus propiedades fueron confiscadas y la familia quedó en la pobreza, pero el padre muerto había dejado un gran tesoro espiritual: ¡un Catecismo editado en lengua coreana!

Cuando Pablo tenía 20 años se despidió de su madre y su hermana y ofreció en Seúl sus servicios secretos a la Iglesia perseguida. Lo eligieron entonces como mensajero para traer sacerdotes desde China a Corea. Ocultando su identidad, logró integrarse a un grupo de diplomáticos destinados a la capital de China como ayudante de un intérprete. En 1816 llegó en esta caravana diplomática a Pekín, donde se encontró con el obispo católico, que le dio la Primera Comunión y lo confirmó. De ahí en adelante Pablo quedó como intermediario entre el obispo de Pekín y su patria.

En total realizó trece viajes por deferentes caminos para llevar misioneros a Corea, pero desgraciadamente el primer sacerdote que destinó el obispo para esa misión murió durante el trayecto a causa de las fatigas. Entre los siguientes estaba el primer vicario apostólico, Lorenzo Imbert, que entró en el país en 1837 y murió mártir el 21 de septiembre de 1839. El mismo obispo Imbert se quedó por algún tiempo en la casa de Pablo, lo preparó para el sacerdocio y lo ordenó poco antes de su huida a otro escondite. El joven sacerdote escribió el primer libro apologético de Corea, en el que explica a los paganos el origen divino y los elementos básicos de la fe católica y que, aún después de la muerte de su autor, causó gran impacto hasta entre los enemigos de la Iglesia.

En 1839 Pablo fue detenido junto con su madre y su hermana. El Gobierno lo consideraba persona clave en el joven catolicismo coreano, particularmente por introducir al país sacerdotes extranjeros, por lo que se le aplicaron las torturas más crueles. Con increíble paciencia soportó todas las penas, afirmando  siempre una y otra vez que quería ofrecer su vida por Cristo y por la Iglesia. A la edad de 45 años fue decapitado a las afueras del portón occidental de Seúl, el 22 de septiembre de 1839.
El mérito más grande de Pablo Chong Hasang es su incesante afán de ayudar a la Iglesia, ya casi exterminada en Corea, a conectarse nuevamente con la Jerarquía universal y preparar así la fundación de vicariato apostólico en su patria.

ANDRÉS KIM (1821-1846)

Andrés Kim Tae-gon nació el 21 de agosto de 1821 en Somoe (provincia de Chungchong). Unos siete años antes había muerto su abuelito Kim Chinhu Pius en la cárcel, luego de sufrir martirio. Su padre, Kim Che-jun, murió martirizado en septiembre de 1839. Poco después la familia se trasladó a la provincia de Kyonggi para evadir la continua persecución.

Un sacerdote francés, de la Congregación para las Misiones Extranjeras de París, instruyó a Andrés con otros dos muchachos, Francisco y Tomás, en la religión católica y los mandó al seminario de la Congregación en Macao, cerca de Hong-Kong. En 1844 Andrés fue ordenado diácono. Brevemente pudo introducirse en secreto a su patria, pero no logró volver a ver a su madre. Poco después se le encargó buscar una barca y trasladarse por mar a Shangai, donde debería recoger sacerdotes franceses y llevarlos a Corea. Después de muchas dificultades logró llegar a su destino, donde fue ordenado sacerdote el 17 de agosto de 1845 por el obispo Ferréol, siendo el primer sacerdote coreano ordenado fuera de su patria.

Junto con el obispo y el padre Dabelny, Andrés Kim emprendió a fines de agosto el viaje por mar rumbo a su tierra, a donde llegaron, luego de sortear muchos contratiempos y tempestades, en octubre del mismo años. De inmediato el padre Kim empezó su apostolado en las islas de Youp-yong, para conectarse desde allí también con misioneros franceses que desde China querían pasar a Corea. Durante esta misión Andrés Kim fue detenido por espías del Gobierno el 5 de junio de 1846 y enviado a la corte del rey en Seúl. Aunque el mismo rey trató de salvarlo por sus muchos conocimientos de lenguas extranjeras, los ministros paganos –llenos de odio—lograron su condena a muerte.

Poco antes de su martirio, el padre Andrés logró hacer llegar una carta en lengua coreana a sus feligreses. En este precioso documento se lee lo siguiente:
“Si hubiéramos nacido en este mundo sin conocer a Cristo, sería de verdad un mundo miserable. ¡Pero qué miserable conducta sería también vivir la gracia del bautismo sin sinceridad ni fidelidad! Queridos hermanos, no olviden los sufrimientos de nuestro Señor…
“Desde cuando la Iglesia fue introducida en Corea, hace unos sesenta años, nuestro pueblo sufrió varias tremendas persecuciones y muchos católicos –como yo ahora—fueron hechos prisioneros a causa de su fe…
“Sabemos por la Biblia que no cae ni un cabello de nuestra cabeza sin la voluntad del Padre. Así también estas persecuciones corresponden a su Providencia.
“Ámense y ayúdense mutuamente, esperando el tiempo cuando el Señor aliviará nuestros sufrimientos… Nosotros, los 20 católicos aquí en la cárcel, nos sentimos fuertes, gracias a Dios. Si morimos, tengan cuidado de los familiares… Pronto marcharemos al campo de la batalla… Permanezcan valientes para que nos volvamos a ver en el cielo.
“Me despido con un abrazo de amor. Pronto Dios les mandará un nuevo pastor, mejor que yo.
Andrés Kim, vicario general”.

El 16 de septiembre de 1846 el padre Andrés fue decapitado en la ribera del río Han, en el mismo lugar donde cinco años antes habían sido sacrificados los tres misioneros franceses. Tenía 26 años de edad. Al entregarse al verdugo dijo con absoluta calma: “Ahora empieza mi vida eterna”.
El heroico testimonio de los nuevos santos de Corea.


"Los mártires de Corea dieron testimonio de Cristo crucificado y resucitado. Por el sacrificio de sus propias vidas se hicieron semejantes a Cristo de un modo muy especial. Las palabras del Apóstol San Pablo se les habrían podido aplicar con toda verdad: Nosotros estamos “llevando siempre en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos… Estamos siempre entregados a la muerte por amor de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal”. (II Cor 4, 10-11).
Juan Pablo II, Homilía durante la Misa de canonización de 103 beatos mártires coreanos, 6 de mayo de 1984.



Redacción

Cipriano, hijo de una rica familia pagana, estaba destinado por Dios para convertirse en director del joven cristianismo africano. Era profesor y orador de fama, y hombre con cargos y méritos, cuando Dios le envió al anciano sacerdote Cecilio, quien le enseñó el camino espiritual del Evangelio y de la Cruz.

Cipriano abandonó la creencia en los dioses de sus antepasados; dejó su noble carrera, regaló toda su fortuna a los pobres y fue bautizado a los 46 años. Luego se retiró a la soledad para leer la Sagrada Escritura, para rezar y meditar. Volvió a Cartago dos años después como sacerdote, y; con la elocuencia apasionada propia de su naturaleza, se convirtió en evangelizador de su patria.

Según costumbre de aquel tiempo, fue elegido obispo por aclamación del pueblo. De nada le sirvió huir, los sacerdotes y pastores de la Iglesia africana, conscientes de su propia limitación, pusieron el báculo pastoral en sus manos.

Poco después estalló repentinamente la persecución bajo el emperador Decio. Con el alma desgarrada tuvo que presenciar cómo cientos de cristianos, sin ser acusados, por miedo y cobardía ofrecieron incienso a los dioses estatales. El mismo Cipriano tuvo que ocultarse y gobernar su diócesis desde su escondite, por medio de cartas pastorales. Después de su regreso a la ciudad, dirigió con su acostumbrado vigor a los fieles en contra de los apóstatas.

Junto con todos los obispos de África del norte, San Cipriano se oponía a reconocer la validez del bautismo de los herejes, como lo hacía la Iglesia de Roma; incluso llegó a sostener una controversia con el Papa Esteban I a causa de esta cuestión. Más tarde, moderó su reglamento de penitencia y su actitud en contra de los herejes.

La Iglesia de África disfrutó de cinco años de paz, al cabo de los cuales se encontraba sólidamente unida en torno a su pastor. Pero después no les fue difícil a las autoridades municipales arrestar a Cipriano, cuando llegaron órdenes persecutorias de Valeriano.

Durante esta persecución, los que anteriormente habían renegado o vacilado en su fe eran ahora los primeros que ofrecían sus cabezas a la espada del verdugo.

Era lógico que también Cipriano tuviera que morir. Pocos días después del martirio del Papa Sixto II y del diácono Lorenzo, se formuló contra él la acusación de “alta traición”. Cipriano rehusó la oportunidad de escapar y tranquilamente permitió que lo condujeran ante el procónsul Galerio el 13 de septiembre del año 258.

Los cristianos fueron testigos del breve interrogatorio que concluyó con la sentencia de muerte, que aceptó el obispo con un “¡Gracias a Dios!” Luego pidió que se le entregaran al verdugo veinticinco monedas de oro y se arrodilló para hablar por última vez con Dios. A una señal del oficial, el mismo condenado a muerte se colocó la venda sobre los ojos y un diácono le sujetó las manos en la espalda. Luego la tierra bebió su sangre.

Llenos de veneración los cristianos pusieron a salvo su cadáver junto con los lienzos teñidos de sangre. En sus corazones había mucha tristeza; pero también sentían resonar su voz, la misma voz que aún hoy a través de 81 cartas, nos sigue hablando para mostrarnos los problemas de la fe católica y, sobre todo, el heroísmo de la Iglesia primitiva de África.



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